martes, 23 de febrero de 2016

De cero a héroe: la trayectoria de Alex Hero

Unos días después de que el público santiaguino vitorease a Scotty 2 Hotty, Carlito, MVP, Savio Vega y otros ídolos internacionales en el evento Full Destruction de Wrestling Superstar, me encontraba yo revisando mi canal de YouTube, y fue en ese entonces cuando encontré algunos viejos videos de lucha libre chilena, cuya existencia mi memoria había arrojado al abismo del olvido. Mientras revisaba si alguno de esos combates grabados con una cámara de ínfima calidad valía la pena, llamó mi atención un pequeño dark match que grabé cuando asistí de público a Xplosión Nacional de Lucha (XNL) el 21 de julio del 2013 (el cual pueden ver aquí) casi un mes antes de que LEGIÓN llevase a cabo su primer show. Lucha de relevos, tres contra tres: un combate de principiantes destinado a desaparecer del inconsciente colectivo en breves minutos, y si yo no lo hubiese registrado en aquel momento, es posible que ni recordaría haberlo visto. Mi sorpresa fue entonces enorme y no pude evitar sonreír al ver quiénes integraban uno de los dos equipos. Tres jóvenes con calzas de luchador torpemente elaboradas, con una movilidad aún más torpe sobre el ring, y sin una personalidad aún definidas. Dos de ellos arrastraban una trayectoria banal en empresas pequeñas, y el tercero por primera vez se presentaba en un ring frente al público. ¿Quiénes eran estos jóvenes? Se hacían llamar Coke, Javo Avilés… y un debutante: un tal Alex Gero.

12380058_10153900691956654_651353950_nCuando registré esa lucha en apariencia sin relevancia, jamás sospeché que no sería lo último que vería de estos tres muchachos. Diez meses más tarde, durante nuestro show del 18 de mayo del 2014, cuando en cartelera habían pactadas cinco luchas, se nos informó que se había agregado un sexto combate “invitado” por los Campeonatos en Pareja de XNL. Los campeones defendían los títulos contra unos contendientes muy particulares. Probablemente ustedes adivinan que se trataba de los tres jóvenes luchadores antes mencionados. Pero ya no se parecían en lo absoluto a los novicios que había visto con anterioridad: su cambio de apariencia los había vuelto irreconocibles. Lentes de marco cuadrado, camisas a cuadros, barbas extravagantes, calzas coloridas y una entrada al ritmo de Harder, better, faster, stronger de Daft Punk. A esto se sumaba la tendencia de promocionar sus luchas usando una cantidad insoportable de hashtags, interrumpir sus combates en medio de la reyerta para tomarse selfies, beber café del Starbucks por litros y anunciarse a ellos mismos al hacer su entrada. Coke, Javo Avilés y Alex Gero (o “Coke.com”, “#JavoAvilés” y “@lex Gero”, como se hacían llamar en su jerga posmoderna) se habían convertido en Los Instagrammers, un trío de luchadores hípsters. Como siempre los anunciaba Coke, ellos eran "lo más post, de lo post, de post, de lo post, de los post, de los post, (…), de lo postmoderno". ¿Cuál fue el resultado de este cambio de imagen?

12395113_10153900692011654_983367404_nSi algún luchador necesitara clases de cómo generar una reacción en la audiencia, tan solo debería consultar con Los Instagrammers. Decir que los muchachos generaban gritos entre el público es poco: se conviertieron en un éxito instantáneo como villanos. Los presentes, irritados con el estilo de vida del trío postmoderno, siempre alentaban para que alguien les diese la tan ansiada paliza que merecían. Porque seamos realistas: todos alguna vez hemos soñado con darles su merecido a gente que presume demasiado de su estilo de vida “alternativo”. Sin embargo, el odio del público en breves instantes se contradecía con el asombro que generaban las luchas del trío. Combates extraordinariamente rápidos, cargados de adrenalina y con movidas aéreas arriesgadísimas tenían a los espectadores al borde de su asiento de principio a fin. Los Instagrammers volvieron como invitados varias veces más a LEGIÓN y mantuvieron encuentros excepcionales, fuertemente ovacionados, contra equipos como Culto al Cuerpo (Pedro Pablo Subercaseaux & Límite), Shocko & Pyro y los muy experimentados Atemista & Vigilante X3MO. Su trabajo los llevó en diciembre de aquel año a ser premiados por el público como “mejores invitados del 2014”.

12395076_10153900691986654_1237839304_n12395659_10153900692036654_1346554192_nPero como todas las grandes alianzas de lucha libre, Los Instagrammers no iban a durar para siempre. El 16 de marzo del 2015, el trío tuvo su último combate juntos en LEGIÓN, tras lo cual Javo Avilés fue expulsado del trío; el término de la alianza llevó a los ex camaradas a una rivalidad que se prolongó durante meses, con Avilés buscando la revancha sobre sus antiguos aliados. Esta animosidad dio por resultado excelentes combates y trifulcas post combate. En ese entonces, Alex Gero y Coke habían pasado a formar parte oficial del plantel de LEGIÓN; además de tomar como maestro a Atemista, quien se encargó de pulirlos técnicamente, adoptaron una nueva actitud: ya no eran hipsters, sino un dúo de jóvenes cool, amigos de la fiesta, la juerga y la parranda. Calzas brillantes, lentes con luces y la actitud de excesiva seguridad sobre ellos mismos identificaban el nuevo carácter del equipo; ahora se llamaban simplemente “Coke & Gero”. Aunque no muchos tras bastidores estuvimos convencidos en un principio acerca del cambio de imagen, el tiempo le dio la razón al dúo, porque solidificaron su estatus como villanos: el público no soportaba ni su arrogancia, ni su traición a Avilés, ni sus artimañas poco éticas. Este estatus terminó de consagrarse cuando Coke & Gero formaron una nueva facción con el carismático argentino Jesse Lover y el talentoso técnico Salvatore Giuliano. Esta coalición denominada “Los Divinos” (o como Jesse Lover siempre los presentaba: “Para aquesshhos que no nos conocen, nosotros somos Los Divinos”) dominó la escena de LEGIÓN durante gran parte del 2015, y nunca fallaron en generar los abucheos de la audiencia. El cinismo y la soberbia, las estrategias poco éticas para ganar sus combates, su entrada vistiendo trajes caros y las antipáticas promos eran pecados que el público no estaba dispuesto a perdonar.

12395331_10153900692056654_1617693587_nPor aquellos días llegó entonces una noticia que remeció a la lucha libre nacional. El legendario ex luchador ecuatoriano y ex comentarista de la World Wrestling Entertainment (WWE), Hugo Savinovich, venía a Chile para llevar a cabo un evento sin precedentes. “Full Destruction”, como se llamaría el evento, iba a tener de protagonistas a leyendas como Matt Hardy, Scotty 2 Hotty, The Hurricane y Savio Vega, entre otros. Este anuncio dio pie a otro aún más impactante: una Batalla Real entre 20 luchadores chilenos había sido concertada, y el ganador se convertiría en Campeón Nacional y tendría la oportunidad de enfrentar a un ex WWE. LEGIÓN iba a ser parte de ese combate, pero aún faltaba escoger a sus representantes. Los Divinos, Coke, Alex Gero y Jesse Lover –quién, para ese entonces, había desplazado a Salvatore Giuliano como líder de la facción y expulsado a éste del grupo de una manera poco glamorosa– unieron fuerzas con un antiguo rival, Don Segundo Santamaría, para hacer frente al equipo de Owen, Koryo, Díxel y su ex camarada, Salvatore Giuliano (ahora bajo su vieja identidad de KC Rock) en una lucha de 4 contra 4 con eliminación. Quienes sobreviviesen a ese encuentro representarían a LEGIÓN en Full Destruction. El 6 de diciembre, en el evento Inmortales, el combate tuvo lugar; aunque Coke y Santamaría fueron eliminados de la contienda, esto no impidió que Gero y Lover marcaran el conteo final sobre Owen para ganar el ticket de ida a Full Destruction.

12386647_10153900692071654_1260048117_nFinalmente, el gran día había llegado. La expectativa del público era enorme con respecto al ganador de la Batalla Real, y muchos hacían sus apuestas. Lo que pocos sospechaban ese caluroso 13 de diciembre es que iban a ver en vivo el ascenso de una nueva estrella. Cuando el combate comenzó, la situación en un comienzo fue desesperada para LEGIÓN, puesto que Jesse Lover fue uno de los primeros eliminados por osar burlarse del público chileno; fue levantado por los aires por los brazos de varios luchadores y arrojado fuera del ring entre los vítores de los presentes. A medida que transcurría el encuentro, más luchadores eran arrojados por sobre la tercera cuerda, y la incertidumbre crecía en cuanto la audiencia observaba la carnicería sin fin. La audiencia contuvo la respiración en el clímax de la batalla: los últimos dos en competencia eran El Artista Anteriormente Conocido como Criminal, y Alex Gero. Tras un breve intercambio de golpes, Gero arrojó a Criminal por sobre la tercera cuerda en un inesperado desenlace para coronarse primer Campeón Nacional. No obstante, el nuevo monarca en el trono tuvo poco tiempo de celebrar. El luchador puertorriqueño y ex WWE, Carlito, hizo su entrada al ring, y tras felicitarlo, lo tumbó con un descomunal lazo al cuello. El combate estaba entonces pactado: Alex Gero v/s Carlito por el Campeonato Nacional de Wrestling Superstar.

12380534_10153900691991654_354011829_nAun cuando Alex tuvo poco tiempo de celebrar, lo cierto era que ya se había convertido en el primer Campeón Nacional Indiscutible. Por vez primera en muchos años, un campeonato importante ya no caía en manos de un luchador con años de trayectoria, sino en un joven relativamente desconocido para el gran público de lucha libre nacional. Abiertas se encontraban las puertas para una nueva era nuestro deporte. Era necesario entonces generar un cambio de imagen que simbolizara el inicio de este recambio generacional y una letra bastó para convertir al antiguo "cero" en "héroe": de Alex Gero pasó a ser Alex Hero. Muchos se mantenían escépticos frente a este inédito campeón, y dudaban de que el joven Alex tuviese lo necesario para cargar la corona con dignidad y darle prestigio al título. Mas el talento de Hero no defraudó en sus dos encuentros siguientes: una lucha singular contra el experimentado Montoya, y una lucha de relevos haciendo equipo con Bobby Lashley frente a Pablo Márquez y Montoya se encargaron en dejar en claro que no era un cualquiera quien había conquistado la corona del Campeonato Nacional Indiscutible, sino un luchador tremendamente talentoso, capaz de estar a la altura de un gran campeón.

¿Qué futuro le aguarda a la lucha libre nacional con Alex Hero a la cabeza? El futuro es incierto y muchas cosas pueden suceder, mas una cosa es clara: es una oportunidad que la lucha libre chilena no puede desperdiciar. La llegada de luchadores internacionales a Chile y la apertura a la posibilidad de que talentos nacionales viajen a luchar al extranjero con éxito es una chance que no se repetirá; por tal, los promotores y luchadores nacionales deben tomar esta ocasión con mucha responsabilidad. Si quieren levantar nuestro deporte, es imprescindible el que sepan mantener una actitud profesional: la ruta la hacen ellos al andar.

martes, 2 de febrero de 2016

Érase un arte olvidado al que llamaban "vender"


La lucha libre es diferente a los otros deportes de contacto en muchos sentidos. En el boxeo, el Karate, el Taekwondo o el Judo, el mejor peleador es aquel que consigue evitar la mayor cantidad ataques del oponente y a su vez consigue inflingir la mayor cantidad de ofensiva sobre el contrincante. Para los peleadores de estos deportes, ser atrapado con la guardia baja o sorprendido con algún golpe o derribada inesperada suele ser motivo de cierta humillación y generalmente los lleva a reevaluar su estilo de combate. En la lucha libre, en cambio, la realidad es otra: el buen luchador es aquel que no solo está dispuesto a golpear, sino a recibir voluntariamente una buena lluvia de azotes y patadas de parte del rival. ¿Cómo es posible concebir esta realidad, absurda a primera vista?

Mucho antes que golpear indiscriminadamente, arrojar a personas por los aires y ejecutar saltos por sobre las cuerdas, la lucha libre es una disciplina con un componente teatral. Lo que se ve en el ring no es estrictamente un combate, sino una representación del choque entre dos fuerzas antagónicas. Por regla general, hay un héroe (llamado técnico o face), hay un villano (llamado rudo o heel), y ambos deben luchar para obtener la victoria. Si bien esta estructura básica presenta variaciones, estipulaciones diversas y mayor complejidad en los protagonistas, la idea del enfrentamiento entre el bien y el mal siempre está presente, aún de manera implícita; siempre hay una historia que se cuenta. El público no va a ver tortazos sin sentido: quiere identificarse con alguno de los involucrados en el ring. En este sentido, la lucha libre se parece bastante más al duelo entre Macbeth y Macduff o a un enfrentamiento entre Green Arrow y Merlyn que a una pelea entre Fedor Emelianenko y Antonio Silva o Muhammad Ali y George Foreman.

Cuando se ejecuta una lucha, tanto el héroe como el villano deben tener algún grado de ofensiva; incluso cuando se trata de algún villano demasiado "poderoso", este debe tener algún punto débil, alguna esperanza para el héroe de lograr su cometido. Pero no basta con solamente recibir golpes: se debe conseguir que la ofensiva del contrario se vea verosímil: es lo que se llama vender (sell). El luchador debe mostrar como efectivos los efectos del ataque enemigo; aun cuando el luchador pueda aguantar los golpes y derribadas contrarias sin problemas, es su deber hacer que el oponente se vea bien frente a la audiencia. Si una de las partes se rehúsa a vender, el público no se involucra en la historia: el resultado es demasiado predecible o poco creíble. Los personajes absolutamente invencibles suelen tener poca cabida con el público; cuesta identificarse con ellos. Incluso luchadores con personajes sobrenaturales como Undertaker o Kane han demostrado tener puntos débiles; si siempre ganaran o nunca vendieran, la gente perdería interés en ellos.

Antiguamente, el no vender la ofensiva del oponente generalmente era una actitud tomada por ciertos luchadores, quienes desean castigar a su oponente por rencillas tras bastidores o tienen alguna discrepancia con el promotor, el libretista o las políticas de la empresa en la cual trabajan. En los años '80, uno de los casos más emblemáticos era el legendario Bruiser Brody: cuando se enojaba con alguno de sus colegas o con los dirigentes, simplemente dejaba de vender en mitad del combate y se quedaba de pie en el centro del ring sin hacer nada; en una ocasión humilló a Lex Luger en un combate en jaula durante un evento de la NWA en Florida cuando Luger lo golpeaba incesantemente y Brody no mostraba reacción alguna. También era una práctica adoptada por luchadores que se creen demasiado su papel de tipos rudos en el ring. También en los '80, los Road Warriors se volvieron bastante famosos por no vender jamás la ofensiva de sus oponentes, actitud que les acarreó muchos problemas con los promotores; en una ocasión, dado que Hawk y Animal persistían en su alarde de luchadores invencibles, el dirigente de la AWA envió a Stan Hansen y Harley Race, dos de los peleadores más duros de la época, a darles su merecido durante un combate en parejas. Por otro lado, Mil Máscaras no era un luchador que contaba con la simpatía de muchos de sus colegas, debido a su poca disposición a vender la ofensiva ajena. En resumidas cuentas, antiguamente el negarse a vender era una práctica de connotación negativa, asociada a falta de profesionalismo, disputas o exceso de ego.

¿Qué ha sucedido en los últimos años con el arte de vender? Con el auge del circuito independiente en Estados Unidos han surgido nuevos luchadores con movimientos nunca antes vistos y estructuras inéditas para armar las luchas, lo cual es una excelente innovación para la lucha libre. No obstante, junto con todo este avance surge también un retroceso, y es que el arte de vender se pierde poco a poco. Las luchas, que antes tenían un espacio para que el técnico y el rudo dominaran, ahora parecen encuentros de Ping-Pong; uno da un golpe, el otro responde, pero en ningún momento dejan que el otro luzca sus movimientos. Es bastante propio del circuito independiente ver a luchadores ponerse de pie después de recibir una enorme tanda de patadas, ser arrojados de cabeza o golpeados con objetos excesivamente contundentes. Esto se vuelve un problema por dos motivos: el primero, el que se resta verosímilitud y lógica al espectáculo: la lucha libre se vuelve poco creíble. Y el segundo, en el que la audiencia pierde interés en ver esa pelea: están tan ridículamente equiparados el héroe con el villano, o son tan invencibles ambos luchadores, que el público no tiene forma de identificarse con uno o con el otro; no hay tensión dramática que lo permita.

El afán de no vender se ha convertido en una pandemia de la cual Chile no se salva. Uno de los clichés más comunes en los shows es ver a ciertos luchadores ponerse de pie después del silletazo número treinta, incorporarse tranquilamente tras recibir una caída de cabeza afuera del ring o caminar como Pedro por su casa luego de quebrar con su cuerpo una mesa en llamas. Hay veces en que los shows parecen campeonatos de Ping-Pong por la cantidad de golpes y contragolpes dados sin dar posibilidad al otro de verse bien. Añade una cuota de humor al asunto cuando el luchador que se rehúsa a vender mide menos de 1,60 m y pesa menos de 60 kilos. Esto es síntoma de dos males: el primero, exceso de confianza en las propias capacidades o una propiocepción de "superestrella" por parte de algunos luchadores. El segundo, el que simplemente muchos luchadores chilenos no entienden en qué consiste el espectáculo de la lucha libre: se suben al ring, ejecutan piruetas, saltan, golpean, patean, pero en el fondo no tienen claro qué están haciendo.

Verse bien y hacer ver bien al oponente, dos conceptos que deben ir de la mano para lograr construir una buena lucha. Nuevos movimientos y nuevas formas de hacer los combates son completamente inútiles si no hay disposición para que el colega los pueda mostrar adecuadamente a la audiencia. Los luchadores contemporáneos deben recuperar el arte de vender si quieren mantener el interés el público por el deporte. Detrás de cada nueva estrella consagrada, existe un veterano que estuvo dispuesto a vender la ofensiva del novato para que este llegara al corazón del público. Cuando se entiende este concepto, la lucha libre cobra vida nuevamente e interesa a las nuevas generaciones.

lunes, 25 de enero de 2016

"Conocedor" de lucha libre: ¿En dónde se imparte exactamente esa carrera?

Cuando en una ocasión se entrevistó a David Belle, fundador del Parkour, sobre si él era el mejor en lo que hacía, la sabia respuesta que dio echó por tierra la altanera actitud de muchos traceurs que presumían en demasía su habilidad de saltar obstáculos y girar por los aires: "cuando practicas Parkour, logras hacer piruetas que no sabías hacer antes y que pocos pueden hacer, y esto implica que el ego aflore enormemente. Y si esto ocurre y empiezas a creer que eres el mejor, es cuando esto ya deja de ser algo entretenido". En nuestro mundo contemporáneo, donde el éxito personal es la medida de todas las cosas y la soberbia pan de cada día, una afirmación de ese tipo hecha por el fundador de un deporte, el cual se niega a mantener campeonatos para definir quién es el mejor, deja perplejo a cualquiera. Cuando Belle hace un llamado a la humildad, no es algo que interpele solo a los traceurs: es un llamado para todos.

La vanidosa creencia en la propia maestría acerca de una disciplina es un diluvio extendido sobre todas las actividades humanas, y la lucha libre no es un Arca de Noé. No obstante, la patología egocéntrica es comprensible entre luchadores y managers: cuando consigues hacer gritar al público por la emoción, la gente te pide fotos y autógrafos fuera del show, y posees una capacidad y habilidad física que el común de las personas no posee, se requiere de una gran virtud para impedir la salida a flote del Narciso que navega en la profundidad del alma humana. Es reprensible para los luchadores pecar de soberbios, pero se puede entender por el contexto al cual están sometidos constantemente; no son completamente culpables de su falta. Y no es al egocentrismo sobre las capacidades sobre el ring al cual apunta esta columna.

El ego de un luchador puede ser un gran monstruo; más esta bestia se convierte en un inocente conejito en comparación a la bestia pantagruélica que es el ego de un personaje aún más nocivo para la lucha libre que el luchador poco humilde. Hablo de esa especie de "intelectual" que invade páginas y foros de Internet y pretende saberlo todo. Me refiero al egresado de la carrera de "Conocedor de lucha libre". ¿Ud. no sabía que hay universidades e institutos técnicos que imparten esa carrera? No se disculpe de antemano: esa carrera no existe. A pesar de lo anterior, eso no impide que haya un grupo de supuestos conocedores, una alianza de sofistas, una secta gnóstica preocupada de molestar a todo el mundo acerca de sus inconmensurables conocimientos acerca de lo que ocurre dentro y fuera del ring.

Entre los usuarios de Internet en Estados Unidos, existe la famosa Internet Wrestling Community (IWC), los cuales son un enorme grupo de fans que analizan el estado de la lucha libre norteamericana. Este tipo de fan es bastante particular: se autodenominan smarks, contracción de smart mark, que traducido en un sentido amplio significa "fan de lucha libre inteligente". Esta distinción etimológica en apariencia inofensiva, en la práctica denota su actitud de superioridad intelectual con respecto al deporte, y solo es cuestión de mirar las petulantes declaraciones que suelen hacer sobre sus propios conocimientos, y la actitud quejumbrosa y malentendidamente crítica sobre las distintas compañias. Por fortuna, los smarks tienen una importante limitante en el mundo del wrestling norteamericano: son fanáticos que cuentan con una pésima reputación entre promotores y luchadores, y el concepto del smark generalmente se asocia al "ñoño", "geek", "fanboy", y otros términos despectivos para denominar a cierta gente que al parecer tiene poca vida social. El promotor o luchador que presta demasiada atención a las declaraciones de la IWC, suele ser tratado de estúpido o poco profesional por sus pares, y esto tiene una buena explicación: En primer lugar, estos fans suelen no pagar su entrada para ver los eventos, o consiguen mirarlos a través de formas ilegales. Y en segundo lugar, lo que estos fans conocen sobre lucha libre lo aprenden de YouTube, Wikipedia y otros sitios web; la información circulante no necesariamente refleja de manera íntegra lo que ocurre tras bastidores, las relaciones interpersonales entre luchadores, promotores y staff, o el enorme trabajo detrás de cada show. Cuando un fan decide volverse luchador, generalmente experimenta un potente shock inicial, puesto que se da cuenta que lo creía saber no se compara en lo absoluto a la vida real.

¿Qué ocurre en Chile? Los "ñoños" (como se les llama despectivamente a los smarks en nuestro
país), si bien tienen antecedentes de generar críticas ácidas y maletendidos, generalmente son pocos, y además muchos de ellos ayudan a la difusión de la lucha libre nacional. El problema del "conocedor" en Chile tiene otra dimensión aún más problemática: no viene del fanático, sino del luchador y del promotor. Existe en nuestro país un grupo de personas involucradas en los shows -al que todos conocemos muy bien, por lo que no es necesario dar nombres-  cuya principal distinción es vivir presumiendo sobre lo mucho que saben y generando conflicto entre compañías. No se trata de una compañía en particular: este grupo está diseminado por varias promociones nacionales, y por desgracia actúan como una manada. Generalmente se les ve provocando a colegas de otras agrupaciones, o dando críticas que rayan en lo absurdo. Varias veces me ha tocado leer sus argumentos: no pasan de ser opiniones personales que elevan a la categoría de verdades incuestionables. Suelen basarse en "reglamentos" completamente obsoletos en el año 2016, o en principios totalmente inventados que contradicen la experiencia real. Esta actitud de pseudo élite, de siutiquería en lucha libre tiene varias causas. Por regla general, son luchadores que han fracasado en consagrarse como tales, y prefieren optar por ridiculizar al resto para llamar la atención en lugar de esforzarse más, o bien se trata de promotores totalmente incapaces de dirigir una compañía que produzca interés entre los fanáticos, y deciden sabotear a los demás promotores en lugar de realizar cambios en su propia empresa. Estas actitudes se deben a un problema de cambio de mentalidad: aun cuando dicen que son profesionales, en el fondo siguen pensando como fanáticos. En resumidas cuentas, son personas con una enorme falta de autocrítica.

No tiene nada de malo leer biografías en Wikipedia o sitios especializados acerca de luchadores. Es interesante escuchar las declaraciones de luchadores cuando se cambian de promoción u opinan sobre un tema. Resulta una experiencia muy agradable juntarse con los amigos a ver un show o a conversar sobre lucha libre. Intercambiar opiniones sobre el deporte es una experiencia altamente enriquecedora. Cada luchador, promotor y fanático tiene derecho tener sus propias teorías sobre el deporte, compartirlas con el resto y ver hasta qué punto se cumplen. Todo esto son buenas prácticas si es que están amparadas en humildad y en disfrutar lo que se ve y hace. Como dice David Belle, si se empieza a pensar en uno mismo como un "experto" o "conocedor" del tema, la lucha libre deja de ser entretenida. Se convierte en un lodazal pestilente de donde sale hedor a soberbia. Mirar lucha libre ya no es divertido, sino una forma de vivir constantemente despotricando y amargado. Esta actitud nociva es algo que luchadores, promotores y fanáticos deben procurar erradicar del deporte. La lucha libre, como todas las actividades humanas, está hecha para ser disfrutada, no para presumir.

lunes, 11 de enero de 2016

A sabotear el show ajeno: Y en la práctica, tropecé yo mismo

Hace unos pocos días, el gran luchador enmascarado de FULL Antofagasta, Jack Dragon, dio una entrevista a Indy Wrestling CHILE en la cual tocó varios puntos que conciernen a la lucha libre nacional. Entre todos ellos, hubo uno sobre el cual tengo mucho que decir, y que motivó la columna de hoy.

Recuerdo muy bien aquel show del domingo 15 de noviembre del año 2015. Había mucha expectativa porque, por vez primera, venían a nuestra compañía luchadores provenientes del norte de Chile, además de haber preparada una interesante cartelera con nuevos luchadores y encuentros nunca antes vistos. No obstante, al comenzar el show, y durante todos los combates, una desagradable sensación me invadía; no tardé en captar que algo no marchaba bien con el público. La reacciones de este eran demasiado exageradas, y no dejaban a los luchadores hacer bien su trabajo. Al salir a revisar el por qué de esta situación, de inmediato comprendí de qué se trataba. Con verdadera vergüenza ajena -porque era una situación de un patetismo inusitado- observé que entre la audiencia estaban presentes integrantes -luchadores, managers y staff- de otra agrupación de lucha libre que, con el infantilismo propio de un niño en una pelea de pandillas rivales, habían venido exclusivamente a burlarse de nuestros luchadores y del show.

¿Les da vergüenza leer esta anécdota, verdad? Quiero aclararles, queridos lectores, que NO es la primera vez que me encuentro con esta situación. Es un cuadro con el cual llevo encontrándome desde hace cinco años al menos una vez al mes; si esta escena no ocurre en mi propia promoción, tengo la mala suerte de verla cuando voy de espectador al show de alguna agrupación amiga. De todas las malas prácticas que existen en la lucha libre nacional, el asistir como público a otras agrupaciones para sabotear el show o desquitarse con gritos de algún colega con el cual tienen mala relación es una de las más extendidas, y cuando no es la reina de las prácticas idiotas en Chile, al menos es una candidata segura al trono. Porque las consecuencias de esta práctica se extienden más allá del hecho de que haya "mala onda" entre promociones; es una actitud que le hace un daño inconmensurable a nuestro deporte.

No desesperen, señores patriotas, que esta práctica no fue invención de los chilenos. Asistir como público al show de otra compañía con la intención de hacer daño ya se ha visto en el circuito independiente norteamericano; no es un incidente frecuente, pero si ha ocurrido. El caso más tristemente célebre es el famoso altercado entre la Extreme Championship Wrestling (ECW) y la Xtreme Pro Wrestling (XPW). En esa oportunidad, luchadores de la XPW irrumpieron como parte del público durante el evento de la ECW en Los Ángeles, Heat Wave 2000. Aunque fueron expulsados del edificio por el equipo de seguridad, lo que vino a continuación no tuvo nada de glamoroso. En el estacionamiento del lugar, luchadores de la ECW se enfrascaron en una brutal pelea con el staff de XPW, el cual culminó con estos últimos arrojados por el suelo apaleados y brutalmente ensangrentados. Una mancha negra en la historia de la lucha libre norteamericana, y un claro ejemplo de las malas consecuencias derivadas de pretender sabotear a otras compañías mediante la asistencia malintencionada a sus shows.

Posiblemente ustedes no han oído hablar de XPW, y existen buenos motivos para explicar este desconocimiento. En su corto tiempo de vida, fue una promoción de muy mala reputación en el medio, y no es difícil entender el por qué. Rob Black, su promotor, era un tipo asociado al bajo mundo y poseedor de toda clase de malas prácticas; el haber enviado a sus empleados a sabotear un show habla precisamente del nulo profesionalismo de Black y sus luchadores. Lo mismo ocurre cuandi luchadores chilenos imitan este hábito: no solo habla muy mal de su nivel educacional, sino también de que difícilmente se les puede dar el título de "profesionales".

Un luchador o manager optando por asistir otra compañía con el propósito de hacer ver mal el show, es un hecho que habla mal de tres personas: de su maestro, de su promotor, y de él mismo. Es prueba de que su maestro probablemente solo le enseñó a rodar por el piso y a pegar, y nada de respetar el deporte. Es signo de que el promotor no se preocupa ni de la actitud -o aun peor, puede ser que incluso promueva esta práctica- de sus luchadores ni de la imagen que estos proyectan hacia el exterior. Y es franca revelación de que el sujeto en cuestión no puede llamarse a sí mismo "profesional"; no se da cuenta del daño que se hace a sí mismo. Porque la triste realidad es que el público reconoce a luchadores presentes entre la audiencia, y solamente puede reaccionar frente a ello con un suspiro de lástima. Suele suceder también que ciertos luchadores, ansiosos por conseguir algún favor de los dirigentes de su agrupación o congraciarse con ellos, pagan su entrada en alguna promoción con la cual sus jefes tienen alguna mala relación para interferir con el desarrollo del espectáculo; esto último habla también de la poca autovaloración de ellos mismos como luchadores, o de los absurdos extremos a los cuales están dispuestos a llegar con tal de conseguir algún mínimo beneficio.

¿Ustedes conciben que luchadores como AJ Styles, Mike Bennett o Zack Sabre, Jr., asistan a un show de la WWE a gritar insultos e intentar hacer ver mal el show? No hace falta ser un experto en el tema para saber la respuesta. Además del hecho de que sus compañías los sancionarían inmediatemente por falta de profesionalismo y dañar la imagen de la empresa a la cual pertenecen, ellos son profesionales lo suficientemente inteligentes para comprender la importancia de mantener buenas relaciones con otras promociones de lucha libre, porque algún día pueden terminar trabajando para estas o participando de shows interpromocionales. Cuando en Chile se lleva a cabo la práctica del sabotaje, ocurre también otro tipo de daño: el luchador se cierra a sí mismo las puertas para trabajar algún día en la agrupación a la cual insulta, y cierra también las puertas a cualquier intento de realizar un show interpromocional. En nuestro país existen centenares de "combates soñados" entre luchadores de agrupaciones distintas, los cuales no han podido llevarse a cabo por la estupidez de quienes insisten en promover la enemistad entre compañías.

¿Realmente crees, luchador chileno, que obtienes algún beneficio por ir a gritarle cosas a ese colega con el cual tienes bronca? Permíteme aclararte una cosa: no solo dañas tu imagen. No solo manchas la reputación de tu maestro. No solo das luces del tipo de persona que es tu dirigente. No solo dejas a tu agrupación en ridículo. No solo te cierras a ti mismo las puertas de una compañía que algún día te podría incluir en sus filas. No solo evitas la posibilidad de un buen negocio al impedir un memorable show interpromocional. Hay alguien más que sale lastimado: es tu propio deporte. Sí, la lucha libre chilena sufre un daño cada vez que aparentas ser rudo por ir a gritar tonterías a los shows ajenos. Porque la gente te ve actuando como un burro, y de inmediato se hace la idea de que por más que te llames a ti mismo "luchador", jamás dejaste de ser "fan". La gente te oye hablando de ti mismo como "profesional", pero en la práctica sigues siendo un "amateur". Por desgracia, si la gente ve que uno de nosotros actúa como aficionado, de inmediato piensa que todos somos aficionados. Y una lucha libre llevada a cabo por aficionados, es un espectáculo incapaz de despetar el interés del público.