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martes, 26 de abril de 2016

Disfrutar el show: el placer que no podemos olvidar

3 de abril, 2016. Wrestlemania 32. Un grupo de seguidores de la lucha libre había organizado una junta en un bar-restorán de San Miguel, en la cual se había contratado una señal exclusivamente para ver el evento magno, y yo acepté la invitación. Ya me había juntado con amigos a ver Wrestlemania años anteriores, mas esta era la primera vez en que seguía el evento en compañía de gente completamente desconocida. Más de cinco horas estuve allí, y en una simple frase, debo decir que fue una experiencia inolvidable. A pesar de no estar presentes en el AT&T Stadium en Arling, Texas, los muchachos asistentes en el bar explotaban en vítores y aplausos como si estuviesen realmente sentados en las tribunas del estadio; de hecho, hubo gente que, sin haberse enterado siquiera del evento, se unió a la tertulia movida únicamente por la emoción de quienes se encontraban presentes en el restorán. Todavía recuerdo los gritos de sorpresa frente a cada movimiento suicida en la lucha Money in the Bank, los gritos dividos entre AJ Styles y Chris Jericho, las carcajadas frente a la cómica y curiosa entrada de The New Day, y todos los muchachos del bar pidiendo a gritos que alguien apagase las luces para disfrutar mejor la entrada de The Undertaker y la Familia Wyatt (¡y me aplaudieron bastante cuando me puse de pie y efectivamente apagué las luces a pesar de los reclamos del mozo!). Y uno de los momentos más alegres del evento para mí fue cuando vi a mi ídolo, el gran Stan "The Lariat" Hansen, al ser presentado luego de su inducción en el Salón de la Fama. Al finalizar el evento, estaba feliz; feliz como nunca antes había estado tras ver un show de lucha libre.

¿Por qué estaba tan feliz? La razón es muy simple, y no tiene nada que ver con el contenido del show, con la calidad de las luchas, con las apariciones sorpresa, con las inducciones a la posteridad ni nada parecido. Estaba feliz porque, por primera vez en mucho tiempo, podía disfrutar de un show de lucha libre sin tener que escuchar las diatribas amargas de un montón de "conocedores", preocupados de temas completamente irrelevantes. No había nadie haciendo comentarios del tipo "es que había que darle un push a X", "a Y le hicieron un bury cuando perdió su lucha", "Z hizo botch cuando le aplicaron un shoot pin" y toda esa sarta de cursilerías y palabras rimbombantes en inglés aprendidas en Wikipedia o alguna página de cualquier "iluminado" de turno. Si es que había algún personaje de aquellos, en la tertulia no tuvo cabida alguna. Allí estábamos todos haciendo lo que le corresponde hacer al público de lucha libre: disfrutar el show. Departíamos como amigos, a pesar de que nos conocíamos entre nosotros, y la pasábamos bien viendo los tortazos sobre el ring. Nada de pseudointelectuales, nada de smarks, nada de reclamos sin sentidos. Solamente humildes espectadores pasándola bien.

Hay espectáculos buenos y espectáculos malos. Hay eventos entretenidos y eventos aburridos. Hay veces en que el desenlace de un espectáculo nos puede dejar felices, otras veces nos puede decepcionar. Mas lo cierto es que cuando se va a ver una obra de teatro, película, musical, partido de fútbol o cualquier otro evento público, el común de la gente va con la esperanza de pasar un rato agradable, no a fijarse en tecnicismos sin relevancia. Quien va a un espectáculo con la predisposición de amargarse por cualquier nimiedad, es muy probable que termine amargado al finalizar el evento. Y quien sigue un deporte, arte o cualquier otra disciplina, y solamente está dispuesto a ver el lado negativo, termina por perderle el gusto, y suele transmitirle esa amargura a otros. Jay Jay French, guitarrista de Twisted Sister, retrató de manera magistral esta realidad en un discurso dado durante un concierto el año 2015:

La gente se pregunta por qué bandas como Dio, Motorhead 
y nosotros seguimos volviendo a tocar en lugares como este. 
Hay una razón: las bandas de los '80 no están jodidamente 
deprimidas como todas estas nuevas jodidas 
bandas (aplausos del público). Lo único que estas jodidas bandas hacen es 
llorar, llorar y llorar: "mi vida apesta, mi novia apesta, mi trabajo 
apesta, mi jefe apesta, mi mamá apesta". ¡Si están tan jodidamente
deprimidos, vayan a un jodido psiquiatra y dejen de contaminar el putísimo aire! 
(aplausos nuevamente).  ¡Los '80 se tratan de estar en una fiesta, y eso es lo que 
hace divertido (el rock)!

Ya he hablado acerca de los smarks y la percepción que tienen los luchadores y promotores acerca de ellos en una columna anterior. Queda a discusión si son un aporte o un estorbo para el negocio, pero lo que es innegable es que entre las malas costumbres que estos personajes han introducido en la lucha libre es la actitud del hater, ese desagradable personaje que critica de manera negativa cualquier cosa que se atraviese en su camino. No importa si el evento es el más grande de la historia, no importa la calidad de los luchadores sobre el ring, no importa si fue una lucha de cinco estrellas: el hater hace sentir su odio sobre lo que vio, y se empeña en que otros compartan su odio. Suele ocurrir que esta gente afirma que determinado luchador del circuito independiente nunca llegará a la WWE porque esa empresa no sabe apreciar el talento, y otros argumentos incomprensibles. Si ocurre que el luchador mencionado recibe contrato de parte de Vince McMahon, generalmente el supuesto conocedor dirá que la nueva contratación está sobrevalorada, o que ha sido mal libretada ("bookeada", porque el smark solo utiliza tecnicismos en inglés). Tras ver un evento, el clásico comentario omitido es el de "no veo nunca más WWE" (promesa que nunca jamás va a cumplir). Puede parecer cómico, y efectivamente lo es; pero se vuelve un desagrado cuando estos personajes no permiten a los demás disfrutar del show. Llenan las redes sociales de comentarios negativos, y al final dejan la impresión en los demás de que la lucha libre es un espectáculo indigno de ver. Lejos de ayudar a mejorar el show, solamente contribuyen a alejar a posibles nuevos fanáticos y convierten el mundo de la lucha libre en un antro de sabihondos.

No estoy diciendo que no se puede ver la lucha libre con ojo crítico. Hay malos luchadores, hay malas luchas, y hay malos shows. Yo mismo tengo mi propia opinión acerca de los luchadores que conozco, y varias veces he creído que un show se podría haber hecho mejor. Lo que no es concebible es esa actitud caprichosa de pretender que todo está mal. Conocer unos tecnicismos y haber leído unas pocas biografías en Wikipedia no puede convertirnos en una camada de supuestos "intelectuales", sabihondos y amargados. Hay un placer que nunca se puede olvidar, y es el de disfrutar el show. El pasarlo bien viendo lucha junto a los amigos. El aplaudir a los favoritos, el abuchear a los villanos. El sorprenderse con una llave, movida, técnica o pirueta bien hecha. El admirar a quien se sube al ring, soñar con estar en sus zapatos, o querer ser como él. El ver a las viejas generaciones encontrarse con las nuevas, y emocionarse cuando ocurre un combate soñado. El apoyar a ese novato que aspira a conseguir la gloria. La lucha libre, en último término, lejos de cualquier análisis que se puede hacer sobre ella, está hecha para ser una fiesta, y eso es lo que la hace divertida.

Las opiniones vertidas en este blog son de exclusiva responsabilidad
del autor, y no representan necesariamente el pensamiento de alguna
compañía de lucha libre en particular.

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¿Quieres escuchar el discurso de Jay Jay French? Revisa el video aquí.

lunes, 25 de enero de 2016

"Conocedor" de lucha libre: ¿En dónde se imparte exactamente esa carrera?

Cuando en una ocasión se entrevistó a David Belle, fundador del Parkour, sobre si él era el mejor en lo que hacía, la sabia respuesta que dio echó por tierra la altanera actitud de muchos traceurs que presumían en demasía su habilidad de saltar obstáculos y girar por los aires: "cuando practicas Parkour, logras hacer piruetas que no sabías hacer antes y que pocos pueden hacer, y esto implica que el ego aflore enormemente. Y si esto ocurre y empiezas a creer que eres el mejor, es cuando esto ya deja de ser algo entretenido". En nuestro mundo contemporáneo, donde el éxito personal es la medida de todas las cosas y la soberbia pan de cada día, una afirmación de ese tipo hecha por el fundador de un deporte, el cual se niega a mantener campeonatos para definir quién es el mejor, deja perplejo a cualquiera. Cuando Belle hace un llamado a la humildad, no es algo que interpele solo a los traceurs: es un llamado para todos.

La vanidosa creencia en la propia maestría acerca de una disciplina es un diluvio extendido sobre todas las actividades humanas, y la lucha libre no es un Arca de Noé. No obstante, la patología egocéntrica es comprensible entre luchadores y managers: cuando consigues hacer gritar al público por la emoción, la gente te pide fotos y autógrafos fuera del show, y posees una capacidad y habilidad física que el común de las personas no posee, se requiere de una gran virtud para impedir la salida a flote del Narciso que navega en la profundidad del alma humana. Es reprensible para los luchadores pecar de soberbios, pero se puede entender por el contexto al cual están sometidos constantemente; no son completamente culpables de su falta. Y no es al egocentrismo sobre las capacidades sobre el ring al cual apunta esta columna.

El ego de un luchador puede ser un gran monstruo; más esta bestia se convierte en un inocente conejito en comparación a la bestia pantagruélica que es el ego de un personaje aún más nocivo para la lucha libre que el luchador poco humilde. Hablo de esa especie de "intelectual" que invade páginas y foros de Internet y pretende saberlo todo. Me refiero al egresado de la carrera de "Conocedor de lucha libre". ¿Ud. no sabía que hay universidades e institutos técnicos que imparten esa carrera? No se disculpe de antemano: esa carrera no existe. A pesar de lo anterior, eso no impide que haya un grupo de supuestos conocedores, una alianza de sofistas, una secta gnóstica preocupada de molestar a todo el mundo acerca de sus inconmensurables conocimientos acerca de lo que ocurre dentro y fuera del ring.

Entre los usuarios de Internet en Estados Unidos, existe la famosa Internet Wrestling Community (IWC), los cuales son un enorme grupo de fans que analizan el estado de la lucha libre norteamericana. Este tipo de fan es bastante particular: se autodenominan smarks, contracción de smart mark, que traducido en un sentido amplio significa "fan de lucha libre inteligente". Esta distinción etimológica en apariencia inofensiva, en la práctica denota su actitud de superioridad intelectual con respecto al deporte, y solo es cuestión de mirar las petulantes declaraciones que suelen hacer sobre sus propios conocimientos, y la actitud quejumbrosa y malentendidamente crítica sobre las distintas compañias. Por fortuna, los smarks tienen una importante limitante en el mundo del wrestling norteamericano: son fanáticos que cuentan con una pésima reputación entre promotores y luchadores, y el concepto del smark generalmente se asocia al "ñoño", "geek", "fanboy", y otros términos despectivos para denominar a cierta gente que al parecer tiene poca vida social. El promotor o luchador que presta demasiada atención a las declaraciones de la IWC, suele ser tratado de estúpido o poco profesional por sus pares, y esto tiene una buena explicación: En primer lugar, estos fans suelen no pagar su entrada para ver los eventos, o consiguen mirarlos a través de formas ilegales. Y en segundo lugar, lo que estos fans conocen sobre lucha libre lo aprenden de YouTube, Wikipedia y otros sitios web; la información circulante no necesariamente refleja de manera íntegra lo que ocurre tras bastidores, las relaciones interpersonales entre luchadores, promotores y staff, o el enorme trabajo detrás de cada show. Cuando un fan decide volverse luchador, generalmente experimenta un potente shock inicial, puesto que se da cuenta que lo creía saber no se compara en lo absoluto a la vida real.

¿Qué ocurre en Chile? Los "ñoños" (como se les llama despectivamente a los smarks en nuestro
país), si bien tienen antecedentes de generar críticas ácidas y maletendidos, generalmente son pocos, y además muchos de ellos ayudan a la difusión de la lucha libre nacional. El problema del "conocedor" en Chile tiene otra dimensión aún más problemática: no viene del fanático, sino del luchador y del promotor. Existe en nuestro país un grupo de personas involucradas en los shows -al que todos conocemos muy bien, por lo que no es necesario dar nombres-  cuya principal distinción es vivir presumiendo sobre lo mucho que saben y generando conflicto entre compañías. No se trata de una compañía en particular: este grupo está diseminado por varias promociones nacionales, y por desgracia actúan como una manada. Generalmente se les ve provocando a colegas de otras agrupaciones, o dando críticas que rayan en lo absurdo. Varias veces me ha tocado leer sus argumentos: no pasan de ser opiniones personales que elevan a la categoría de verdades incuestionables. Suelen basarse en "reglamentos" completamente obsoletos en el año 2016, o en principios totalmente inventados que contradicen la experiencia real. Esta actitud de pseudo élite, de siutiquería en lucha libre tiene varias causas. Por regla general, son luchadores que han fracasado en consagrarse como tales, y prefieren optar por ridiculizar al resto para llamar la atención en lugar de esforzarse más, o bien se trata de promotores totalmente incapaces de dirigir una compañía que produzca interés entre los fanáticos, y deciden sabotear a los demás promotores en lugar de realizar cambios en su propia empresa. Estas actitudes se deben a un problema de cambio de mentalidad: aun cuando dicen que son profesionales, en el fondo siguen pensando como fanáticos. En resumidas cuentas, son personas con una enorme falta de autocrítica.

No tiene nada de malo leer biografías en Wikipedia o sitios especializados acerca de luchadores. Es interesante escuchar las declaraciones de luchadores cuando se cambian de promoción u opinan sobre un tema. Resulta una experiencia muy agradable juntarse con los amigos a ver un show o a conversar sobre lucha libre. Intercambiar opiniones sobre el deporte es una experiencia altamente enriquecedora. Cada luchador, promotor y fanático tiene derecho tener sus propias teorías sobre el deporte, compartirlas con el resto y ver hasta qué punto se cumplen. Todo esto son buenas prácticas si es que están amparadas en humildad y en disfrutar lo que se ve y hace. Como dice David Belle, si se empieza a pensar en uno mismo como un "experto" o "conocedor" del tema, la lucha libre deja de ser entretenida. Se convierte en un lodazal pestilente de donde sale hedor a soberbia. Mirar lucha libre ya no es divertido, sino una forma de vivir constantemente despotricando y amargado. Esta actitud nociva es algo que luchadores, promotores y fanáticos deben procurar erradicar del deporte. La lucha libre, como todas las actividades humanas, está hecha para ser disfrutada, no para presumir.