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martes, 26 de abril de 2016

Disfrutar el show: el placer que no podemos olvidar

3 de abril, 2016. Wrestlemania 32. Un grupo de seguidores de la lucha libre había organizado una junta en un bar-restorán de San Miguel, en la cual se había contratado una señal exclusivamente para ver el evento magno, y yo acepté la invitación. Ya me había juntado con amigos a ver Wrestlemania años anteriores, mas esta era la primera vez en que seguía el evento en compañía de gente completamente desconocida. Más de cinco horas estuve allí, y en una simple frase, debo decir que fue una experiencia inolvidable. A pesar de no estar presentes en el AT&T Stadium en Arling, Texas, los muchachos asistentes en el bar explotaban en vítores y aplausos como si estuviesen realmente sentados en las tribunas del estadio; de hecho, hubo gente que, sin haberse enterado siquiera del evento, se unió a la tertulia movida únicamente por la emoción de quienes se encontraban presentes en el restorán. Todavía recuerdo los gritos de sorpresa frente a cada movimiento suicida en la lucha Money in the Bank, los gritos dividos entre AJ Styles y Chris Jericho, las carcajadas frente a la cómica y curiosa entrada de The New Day, y todos los muchachos del bar pidiendo a gritos que alguien apagase las luces para disfrutar mejor la entrada de The Undertaker y la Familia Wyatt (¡y me aplaudieron bastante cuando me puse de pie y efectivamente apagué las luces a pesar de los reclamos del mozo!). Y uno de los momentos más alegres del evento para mí fue cuando vi a mi ídolo, el gran Stan "The Lariat" Hansen, al ser presentado luego de su inducción en el Salón de la Fama. Al finalizar el evento, estaba feliz; feliz como nunca antes había estado tras ver un show de lucha libre.

¿Por qué estaba tan feliz? La razón es muy simple, y no tiene nada que ver con el contenido del show, con la calidad de las luchas, con las apariciones sorpresa, con las inducciones a la posteridad ni nada parecido. Estaba feliz porque, por primera vez en mucho tiempo, podía disfrutar de un show de lucha libre sin tener que escuchar las diatribas amargas de un montón de "conocedores", preocupados de temas completamente irrelevantes. No había nadie haciendo comentarios del tipo "es que había que darle un push a X", "a Y le hicieron un bury cuando perdió su lucha", "Z hizo botch cuando le aplicaron un shoot pin" y toda esa sarta de cursilerías y palabras rimbombantes en inglés aprendidas en Wikipedia o alguna página de cualquier "iluminado" de turno. Si es que había algún personaje de aquellos, en la tertulia no tuvo cabida alguna. Allí estábamos todos haciendo lo que le corresponde hacer al público de lucha libre: disfrutar el show. Departíamos como amigos, a pesar de que nos conocíamos entre nosotros, y la pasábamos bien viendo los tortazos sobre el ring. Nada de pseudointelectuales, nada de smarks, nada de reclamos sin sentidos. Solamente humildes espectadores pasándola bien.

Hay espectáculos buenos y espectáculos malos. Hay eventos entretenidos y eventos aburridos. Hay veces en que el desenlace de un espectáculo nos puede dejar felices, otras veces nos puede decepcionar. Mas lo cierto es que cuando se va a ver una obra de teatro, película, musical, partido de fútbol o cualquier otro evento público, el común de la gente va con la esperanza de pasar un rato agradable, no a fijarse en tecnicismos sin relevancia. Quien va a un espectáculo con la predisposición de amargarse por cualquier nimiedad, es muy probable que termine amargado al finalizar el evento. Y quien sigue un deporte, arte o cualquier otra disciplina, y solamente está dispuesto a ver el lado negativo, termina por perderle el gusto, y suele transmitirle esa amargura a otros. Jay Jay French, guitarrista de Twisted Sister, retrató de manera magistral esta realidad en un discurso dado durante un concierto el año 2015:

La gente se pregunta por qué bandas como Dio, Motorhead 
y nosotros seguimos volviendo a tocar en lugares como este. 
Hay una razón: las bandas de los '80 no están jodidamente 
deprimidas como todas estas nuevas jodidas 
bandas (aplausos del público). Lo único que estas jodidas bandas hacen es 
llorar, llorar y llorar: "mi vida apesta, mi novia apesta, mi trabajo 
apesta, mi jefe apesta, mi mamá apesta". ¡Si están tan jodidamente
deprimidos, vayan a un jodido psiquiatra y dejen de contaminar el putísimo aire! 
(aplausos nuevamente).  ¡Los '80 se tratan de estar en una fiesta, y eso es lo que 
hace divertido (el rock)!

Ya he hablado acerca de los smarks y la percepción que tienen los luchadores y promotores acerca de ellos en una columna anterior. Queda a discusión si son un aporte o un estorbo para el negocio, pero lo que es innegable es que entre las malas costumbres que estos personajes han introducido en la lucha libre es la actitud del hater, ese desagradable personaje que critica de manera negativa cualquier cosa que se atraviese en su camino. No importa si el evento es el más grande de la historia, no importa la calidad de los luchadores sobre el ring, no importa si fue una lucha de cinco estrellas: el hater hace sentir su odio sobre lo que vio, y se empeña en que otros compartan su odio. Suele ocurrir que esta gente afirma que determinado luchador del circuito independiente nunca llegará a la WWE porque esa empresa no sabe apreciar el talento, y otros argumentos incomprensibles. Si ocurre que el luchador mencionado recibe contrato de parte de Vince McMahon, generalmente el supuesto conocedor dirá que la nueva contratación está sobrevalorada, o que ha sido mal libretada ("bookeada", porque el smark solo utiliza tecnicismos en inglés). Tras ver un evento, el clásico comentario omitido es el de "no veo nunca más WWE" (promesa que nunca jamás va a cumplir). Puede parecer cómico, y efectivamente lo es; pero se vuelve un desagrado cuando estos personajes no permiten a los demás disfrutar del show. Llenan las redes sociales de comentarios negativos, y al final dejan la impresión en los demás de que la lucha libre es un espectáculo indigno de ver. Lejos de ayudar a mejorar el show, solamente contribuyen a alejar a posibles nuevos fanáticos y convierten el mundo de la lucha libre en un antro de sabihondos.

No estoy diciendo que no se puede ver la lucha libre con ojo crítico. Hay malos luchadores, hay malas luchas, y hay malos shows. Yo mismo tengo mi propia opinión acerca de los luchadores que conozco, y varias veces he creído que un show se podría haber hecho mejor. Lo que no es concebible es esa actitud caprichosa de pretender que todo está mal. Conocer unos tecnicismos y haber leído unas pocas biografías en Wikipedia no puede convertirnos en una camada de supuestos "intelectuales", sabihondos y amargados. Hay un placer que nunca se puede olvidar, y es el de disfrutar el show. El pasarlo bien viendo lucha junto a los amigos. El aplaudir a los favoritos, el abuchear a los villanos. El sorprenderse con una llave, movida, técnica o pirueta bien hecha. El admirar a quien se sube al ring, soñar con estar en sus zapatos, o querer ser como él. El ver a las viejas generaciones encontrarse con las nuevas, y emocionarse cuando ocurre un combate soñado. El apoyar a ese novato que aspira a conseguir la gloria. La lucha libre, en último término, lejos de cualquier análisis que se puede hacer sobre ella, está hecha para ser una fiesta, y eso es lo que la hace divertida.

Las opiniones vertidas en este blog son de exclusiva responsabilidad
del autor, y no representan necesariamente el pensamiento de alguna
compañía de lucha libre en particular.

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¿Quieres escuchar el discurso de Jay Jay French? Revisa el video aquí.

miércoles, 2 de marzo de 2016

La otra cara de la ECW: la "E" no es precisamente por "Edén"

 El día 29 de febrero, 2016, Agustín Cuesta del Team WWE Chile publicó una columna en referencia a la contribución de la ECW a la lucha libre profesional, la cual pueden encontrar aquí. Con afán de generar un debate interesante, se ha escrito esta columna como respuesta.
 
"Todo tiempo pasado fue mejor" reza aquel mito popular presente en todas las culturas de todos los tiempos. Hay quienes dicen que el hombre es un ser por naturaleza nostálgico, y esto se refleja en la tendencia del ser humano de mirar el pasado y añorar aquella época dorada en la cual todo parecía perfecto. Mas esta edad de oro solo existe en la imaginación de cada persona; todo momento en la vida de un hombre tiene sus luces y sombras. Lo que ocurre es que al recordar, cada quien prefiere mirar la luz antes de la oscuridad. Este principio individual también se aplica colectivamente: rara es la institución que habla públicamente de sus faltas anteriores. En la historia de la humanidad, jamás ha habido nación, institución, partido político, religión, estrato social, asociación u otra forma de colectividad que no posea en su historia alguna mancha negra, uno o varios incidentes de los cuales prefiere no hablar. No es que las instituciones humanas sean malas, ni pretendo criticar a quienes las integran: es casi lógico pensar que solo se hable de los momentos felices. No obstante, esta tendencia en apariencia inofensiva o bien intencionada se convierte en un verdadero problema cuando se cae en excesos chauvinistas o absurdamente parciales. Se tiende a creer que la propia institución es superior a las demás, o se construye una imagen de ella que dista mucho de la realidad. Es entonces cuando el crítico debe mirar las zonas de oscuridad y ponerlas en la balanza como contrapeso a las zonas luminosas para poder mirar de manera más objetiva y llegar a la verdad. Y como suelo decir En la Esquina Contraria, la lucha libre no es la excepción a esta realidad.

La Extreme Championship Wrestling (ECW), aquella promoción con base en Filadelfia durante la década del '90, es posiblemente la compañía de lucha libre que mayor nostalgia genera entre los fanáticos. Se cuenta el cómo ella fue el gran laboratorio forjador del hardcore experimental de los '90. Se afirma que fue la pionera en introducir al público estadounidense a la lucha mexicana y japonesa. Se reitera el cómo albergó en sus filas a grandes exponentes como "Stone Cold" Steve Austin, Eddie Guerrero, Chris Jericho, Chris Benoit, Dean Malenko, y otros tantos. Para muchos fans, Paul Heyman, dueño de la ECW, se ha convertido en un Mesías de los promotores norteamericanos, una suerte de Cristobal Colón en el oceáno del ring, un genio sin igual en la historia de la lucha libre. El luchador que participó de la ECW se ha vuelto, a los ojos de los fanáticos, poseedor de una moral socrática y una ética laboral digna de ser citada en la Rerum Novarum. Todas estas opiniones hablan de una compañía de lucha libre ideal... que solo existe en la mente de quienes tienen una visión demasiado idealizada de ella. Porque si bien es verdad que la ECW tuvo combates excelentes, ángulos entretenidos e innovaciones sin precedentes, la visión que se tiene de ella en la actualidad es una caricatura que dista mucho de la realidad; la manera en que en el año 2001 llega a la quiebra es la evidencia más clara de que no se trataba de una empresa de lucha libre ideal. ¿Por qué se ha divinizado tanto a la promoción de Filadelfia? ¿Fue realmente Paul Heyman un genio? ¿Qué hay de cierto y de mito en las historias que se cuentan?

La acusación de algunos fans a Vince McMahon y a la World Wrestling Entertainment (WWE) de haber destruido a la ECW es graciosa por varios motivos, pero dos son los principales. En primer lugar, quien expandió la visión mítica de la ECW fue la mismísima WWE. El año 2005, luego de observar los videos en Internet recopilados por algunos fans en los que se hablaba de lo genial de la Extreme, la empresa de McMahon tuvo la idea de hacer un show tributo a la empresa de Filadelfia, One Night Stand. El evento fue un éxito, es verdad; pero para poder venderlo a gran escala, era necesario crear una imagen de de marketing poderosa. Por este motivo, la WWE promocionó a la vieja ECW como una compañía que había puesto a la lucha libre de vuelta en el mapa y exageró sus contribuciones al deporte. Este hecho, sumadas a las promos ingeniosamente elaboradas para Paul Heyman, Joey Styles, Rob Vam Dam y algunos otros, en donde supuestamente se salían de libreto y "decían unas cuantas verdades" atacando el producto actual de la WWE, originaron en los fans la ilusión de una ECW llena de ideales y auténtica lucha libre. Pero lo cierto es que todo era simplemente una estrategia publicitaria de la WWE; Heyman, Styles y todos ellos reconocieron que esas promos habían sido autorizadas por la WWE e incluso la misma empresa había ayudado a elaborarlas. Y en segundo lugar, porque cuando la compañía de McMahon se hallaba en plena guerra con la World Championship Wrestling (WCW) por el monopolio del deporte, varias veces Vince dio ayuda financiera a Heyman, y además organizó eventos interpromocionales WWF v/s ECW. Cuando la ECW quiebró el 2001, fue McMahon quien puso bajo contrato a Heyman y sus luchadores, y compró su videoteca para conservarla para la posteridad. Y aún más irónico es que uno de los mayores "críticos" de la empresa de McMahon, el ex comentarista de la ECW Joey Styles, mantenga en la actualidad un contrato como Subdirector de Digital Media en la WWE.

Paul Heyman es un genio creativo, de eso no hay duda. Es un hombre con una visión extraordinaria para el nuevo talento, y su trabajo como libretista pocas veces ha sido superado. Pero Heyman es tan buen creativo como era un pésimo promotor, y fue su incompetencia administrativa y financiera la que terminó por llevar a la ruina a su compañía. Cuando en 1994 la Eastern Championship Wrestling (que luego sería la Extreme Championship Wrestling), optó por separarse de la National Wrestling Alliance (NWA) y seguir un camino independiente, la decisión fue tomada por su promotor, Tod Gordon, no por Paul Heyman; Heyman era solamente libretista, y semejante elección no recaía en él. Una vez que Gordon le vendió su parte a Heyman, este último tuvo completa libertad de inventar nuevas formas de hacer lucha libre. Su desempeño como promotor dio por resultado personajes más profundos, luchas más violentas y realistas, el ascenso de nuevas estrellas y grandes innovaciones para del deporte. Mas su genio creador contrastaba enormemente con su torpeza en la relaciones laborales y comerciales. Heyman jamás se preocupó realmente de la salud de sus luchadores: podían consumir alcohol y droga sin control alguno, y su jefe nunca se tomó la molestia de hacerles control de dopaje o enviarlos a rehabilitación; a modo de ejemplo, era para los luchadores de la ECW un chiste frecuente ver quién era el desgraciado que debía subirse al ring con un The Sandman completamente ebrio. Heyman tampoco reparaba en gastos, y una de las causas de su ruina fue el comenzar a pagar a sus luchadores unos sueldos que la empresa no podía costear; mucho menos tuvo la honestidad de decirles a sus trabajadores, durante los últimos días de la ECW, que la empresa estaba al borde de la bancarrota, y solo lo hizo cuando ya llevaba meses sin pagarles a sus empleados y la compañía agonizaba sin posibilidad de resurrección. Para finalizar el perfil de promotor de Paul Heyman, era también una persona completamente llevada a sus ideas, solía hablar más de la cuenta, varias veces entraba en conflictos con sus colegas, y llevaba su concepción de lo "extremo" a límites absurdos. Muchas veces se ha dicho que una de las causas de la quiebra de la ECW fue el no haber podido conseguir un contrato televisivo, y esto tiene mucho de verdad: Heyman consiguió con su testarudez ser vetado de todas las compañías de televisión norteamericanas. Cuando por fin la ECW consiguió ser transmitida por la cadena TNN el año 1999, el canal le exigió a Paul Heyman moderar el nivel de violencia del programa (era precisamente el exceso de violencia lo que le impedía a la ECW llegar a la televisión), petición de la cual este último hizo caso omiso, lo cual culminó en la cancelación del contrato entre ECW y TNN, y la posterior quiebra de la empresa de Filadelfia.

Varios luchadores talentosos fueron militantes de las filas de la ECW, y esto es innegable, mas es necesario aclarar qué papel tuvieron exactamente en ella. Exponentes como Eddie Guerrero, Chris Benoit, Chris Jericho, Dean Malenko, Lance Storm, Rey Misterio, Jr., Juventud Guerrera, Psicosis, Al Snow y Steve Austin integraron el plantel de la ECW, pero jamás llegaron a ser grandes íconos en ella; todos ellos fueron parte de la carta media o baja, y nunca fueron parte de la atracción principal; de hecho, Jericho y Misterio fueron libreteados para ser vapuleados por Taz en una ocasión. Estos luchadores no tenían realmente "a la ECW en el corazón": solamente fue para ellos un método de ascenso para llegar a las grandes ligas. El hecho es que el paso de estos luchadores por la ECW suele no superar los dos años de estadía. Tampoco es verdad que la promoción de Filadelfia fue "cuna de estos luchadores": Storm ya tenía una trayectoria en Canadá y Japón, Guerrero había sido estrella en Asistencia Asesoría y Administración (AAA) en México, Malenko poseía una experiencia previa de 14 años en el circuito independiente norteamericano, y así fue como ninguno comenzó su carrera como luchador en la ECW. Si bien es cierto que la ECW fue la primera en concebir mostrar lucha mexicana al público estadounidense, la empresa que realmente exhibió este estilo de lucha masivamente fue la WCW: Juventud Guerra, Rey Mysterio, Jr. Psicosis y otros tantos se volvieron famosos luchado para la empresa de Ted Turner, no para Paul Heyman. En lo que refiere a la lucha japonesa, ocurre un tanto similar: fue la alianza de la WCW con New Japan Pro Wrestling (NJPW) la que dio a conocer el estilo japonés a un público masivo. De los pocos orientales que pasaron por la ECW, ninguno fue realmente significativo para la identidad de la empresa. Hayabusa y Jinsei Shinzaki eran en realidad luchadores bajo contrato por la Frontier Martial-Arts Wrestling (FMW) en Japón, y solamente compitieron una única vez en la ECW en una lucha interpromocional ECW/FMW contra Rob Van Dam y Sabu durante el evento Heatwave '98; de hecho, mayor fue la exposición que tuvo Jinzaki frente al público norteamericano durante su tiempo en la WWF bajo el nombre de Hakushi. TAKA Michinoku tuvo un paso fugaz de menos de un año por la compañía. Si bien es verdad que Masato Tanaka fue Campeón Mundial de la ECW, solamente lo fue durante seis días (17-23 de diciembre, 1999), y su carrera verdaderamente significativa la realizó en FMW. Los únicos mexicanos y japoneses que realmente se quedaron en la ECW hasta el final y formaron parte de la identidad de la empresa fueron, respectivamente, Super Crazy y Yoshihiro Tajiri.

Incontables veces se ha dicho que en la ECW lo que realmente primaba era el wrestling: la lucha, no
el entretenimiento deportivo. Si bien las afirmaciones anteriores tenían una parte de verdad y una parte mítica, es aquí donde se debe soltar la primera carcajada destemplada, porque esta proclama no puede estar más alejada de la realidad. La ECW vio pasar por sus filas a varios luchadores talentosos en lo técnico, pero su atracción principal siempre fue el carisma antes que la técnica. The Sandman y Raven, dos de los íconos más importantes de la compañía, tenían personajes altamente llamativos, un carisma exorbitante y excelente manejo de micrófono, pero al mismo tiempo eran incapaces de mantener una buena lucha que no involucrase romperse sillas en la cabeza y palos en la espalda; en particular, The Sandman tenía una pobreza técnica tan grande, que cuando ejecutaba una movida, se la decía a su oponente en voz alta sin preocuparse de que el público lo escuchase (y cuando en una ocasión fue entrevistado acerca de este asunto, respondió "no me importa que la gente me escuche, ¡todos saben que [la lucha libre] es falsa!"). Por más admiración que tengo por Tommy Dreamer como persona y profesional, nunca fue un buen técnico sobre el ring. La rivalidad más famosa de la historia de la ECW, Tommy Dreamer v/s Raven, siempre fue más un asunto de historia, show y teleserie que un pleito basado en su habilidad sobre el ring. De los luchadores que llegaron a ser la atracción principal, solamente se podría mencionar a Taz y Rob Van Dam como buenos técnicos. Por otro lado, Balls Mahoney, Axl Rotten, Terry Funk, Cactus Jack, New Jack, Rocco Rock, Johnny Grunge, Sabu y otros eran luchadores hardcore dispuestos a saltar desde un edificio y rajarse la cara con vidrio molido con tal de entretener a los fans, pero pedirles una lucha técnica era como pedirle peras al olmo; por algo fue que, cuando la WWE contrató a varios de ellos el año 2006 para ser parte de su plantel principal, optó por mantenerlos en la carta media sin darles nada realmente importante que hacer.

¿Ustedes conocen a alguna buena luchadora que haya hecho su carrera en la ECW, o podrían mencionar un buen combate femenino de esa compañía? Es un hecho que la respuesta sería universalmente negativa, y esto se debe la misoginia que caracterizaba a la promoción de Filadelfia. Durante los años en que la ECW estuvo activa, las mujeres tenían una sola misión, y era la explotación sexual de su imagen. Francine, Chastity, Elektra, Beulah McGuillicutty, Kimona Wanaleia y otras muchachas salían al aire solamente para ser mostradas con fines lascivos. Esta situación llegó a un extremo vergonzoso cuando en una ocasión, mientras el staff del evento arreglaba unos problemas técnicos, Paul Heyman pidió a Kimona Wanaleia salir y ejecutar un strip-tease para distraer al público; la condición que puso Kimona fue que nadie grabase la ejecución y no fuese mostrada a la audiencia televisiva. Tristemente, Heyman no cumplió el acuerdo, se aprovechó de la confianza de su empleada, y esto culminó con la renuncia de Kimona a la ECW. Cuando las mujeres de la ECW no salían a explotar su sexualidad, solamente era para ser vapuleadas por sus pares masculinos después de intervenir en los combates. Por otra parte, luchadoras talentosas como Jazz integraron el plantel de la compañía, pero protagonizaron luchas para el olvido en un paso bastante fugaz.

Pero sin lugar a dudas los hechos más oscuros de la historia de la ECW fueron dos acontecimientos que rozaron el límite de lo criminal, de lo francamente delictual. El primero de ellos, el incidente de Mass Transit; para resumir el suceso en pocas palabras, basta decir que New Jack intencionalmente casi desangró con una navaja durante una lucha a Mass Transit, un muchacho de 17 sin entrenamiento de lucha libre. El hecho se agravó cuando se descubrió que Transit había mentido a Paul Heyman acerca de su entrenamiento, edad y experiencia; este incidente complicó en gran medida el funcionamiento de la ECW y daño la reputación de Heyman como promotor. El segundo de ellos fue el altercado que tuvieron los luchadores de la ECW con el staff de Xtreme Pro Wrestling (XPW) cuando estos últimos fueron a tratar de sabotear el evento de la promoción de Filadelfia. La pelea terminó con el staff de XPW brutalmente golpeado y ensangrentado en los estacionamientos. Este hecho se consolidó como una marca negra en la historia de la lucha libre norteamericana, y uno de los raros casos de agresión física entre promociones.

No me malinterpreten: me encanta la ECW, y por ningún motivo pretendo menospreciar sus
contribuciones al deporte. La rivalidad entre Tommy Dreamer y Raven es una de las mejores de la historia. Era un deleite para los ojos ver volar por los aires al gigante Mike Awesome. Las Triple Amenazas entre Super Crazy, Yoshihiro Tajiri y Little Guido eran un desplante de adrenalina y técnica sin igual. Las innovaciones de Rob Van Dam en la lucha aérea difícilmente tienen comparación. La entrada de The Sandman es sin duda una de las mejores de la Historia. Y así podría escribir otra larguísima columna hablando de las múltiples bondades que tuvo aquella promoción de Filadelfia. Pero con lo que discrepo completamente es con es la idealización absurda de parte de fanáticos que aún siguen atrapados en el pasado. La ECW, al igual que cualquier otra compañía de lucha libre, tuvo cosas buenas y cosas malas, y no es sensato pretender hablar solamente de las primeras. Siempre que se discute de lucha libre, al igual que con cualquier otra disciplina, debe hacerse con ojo crítico.
 
Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor, y no necesariamente representan el pensamiento de alguna compañía de lucha libre en particular.

martes, 2 de febrero de 2016

Érase un arte olvidado al que llamaban "vender"


La lucha libre es diferente a los otros deportes de contacto en muchos sentidos. En el boxeo, el Karate, el Taekwondo o el Judo, el mejor peleador es aquel que consigue evitar la mayor cantidad ataques del oponente y a su vez consigue inflingir la mayor cantidad de ofensiva sobre el contrincante. Para los peleadores de estos deportes, ser atrapado con la guardia baja o sorprendido con algún golpe o derribada inesperada suele ser motivo de cierta humillación y generalmente los lleva a reevaluar su estilo de combate. En la lucha libre, en cambio, la realidad es otra: el buen luchador es aquel que no solo está dispuesto a golpear, sino a recibir voluntariamente una buena lluvia de azotes y patadas de parte del rival. ¿Cómo es posible concebir esta realidad, absurda a primera vista?

Mucho antes que golpear indiscriminadamente, arrojar a personas por los aires y ejecutar saltos por sobre las cuerdas, la lucha libre es una disciplina con un componente teatral. Lo que se ve en el ring no es estrictamente un combate, sino una representación del choque entre dos fuerzas antagónicas. Por regla general, hay un héroe (llamado técnico o face), hay un villano (llamado rudo o heel), y ambos deben luchar para obtener la victoria. Si bien esta estructura básica presenta variaciones, estipulaciones diversas y mayor complejidad en los protagonistas, la idea del enfrentamiento entre el bien y el mal siempre está presente, aún de manera implícita; siempre hay una historia que se cuenta. El público no va a ver tortazos sin sentido: quiere identificarse con alguno de los involucrados en el ring. En este sentido, la lucha libre se parece bastante más al duelo entre Macbeth y Macduff o a un enfrentamiento entre Green Arrow y Merlyn que a una pelea entre Fedor Emelianenko y Antonio Silva o Muhammad Ali y George Foreman.

Cuando se ejecuta una lucha, tanto el héroe como el villano deben tener algún grado de ofensiva; incluso cuando se trata de algún villano demasiado "poderoso", este debe tener algún punto débil, alguna esperanza para el héroe de lograr su cometido. Pero no basta con solamente recibir golpes: se debe conseguir que la ofensiva del contrario se vea verosímil: es lo que se llama vender (sell). El luchador debe mostrar como efectivos los efectos del ataque enemigo; aun cuando el luchador pueda aguantar los golpes y derribadas contrarias sin problemas, es su deber hacer que el oponente se vea bien frente a la audiencia. Si una de las partes se rehúsa a vender, el público no se involucra en la historia: el resultado es demasiado predecible o poco creíble. Los personajes absolutamente invencibles suelen tener poca cabida con el público; cuesta identificarse con ellos. Incluso luchadores con personajes sobrenaturales como Undertaker o Kane han demostrado tener puntos débiles; si siempre ganaran o nunca vendieran, la gente perdería interés en ellos.

Antiguamente, el no vender la ofensiva del oponente generalmente era una actitud tomada por ciertos luchadores, quienes desean castigar a su oponente por rencillas tras bastidores o tienen alguna discrepancia con el promotor, el libretista o las políticas de la empresa en la cual trabajan. En los años '80, uno de los casos más emblemáticos era el legendario Bruiser Brody: cuando se enojaba con alguno de sus colegas o con los dirigentes, simplemente dejaba de vender en mitad del combate y se quedaba de pie en el centro del ring sin hacer nada; en una ocasión humilló a Lex Luger en un combate en jaula durante un evento de la NWA en Florida cuando Luger lo golpeaba incesantemente y Brody no mostraba reacción alguna. También era una práctica adoptada por luchadores que se creen demasiado su papel de tipos rudos en el ring. También en los '80, los Road Warriors se volvieron bastante famosos por no vender jamás la ofensiva de sus oponentes, actitud que les acarreó muchos problemas con los promotores; en una ocasión, dado que Hawk y Animal persistían en su alarde de luchadores invencibles, el dirigente de la AWA envió a Stan Hansen y Harley Race, dos de los peleadores más duros de la época, a darles su merecido durante un combate en parejas. Por otro lado, Mil Máscaras no era un luchador que contaba con la simpatía de muchos de sus colegas, debido a su poca disposición a vender la ofensiva ajena. En resumidas cuentas, antiguamente el negarse a vender era una práctica de connotación negativa, asociada a falta de profesionalismo, disputas o exceso de ego.

¿Qué ha sucedido en los últimos años con el arte de vender? Con el auge del circuito independiente en Estados Unidos han surgido nuevos luchadores con movimientos nunca antes vistos y estructuras inéditas para armar las luchas, lo cual es una excelente innovación para la lucha libre. No obstante, junto con todo este avance surge también un retroceso, y es que el arte de vender se pierde poco a poco. Las luchas, que antes tenían un espacio para que el técnico y el rudo dominaran, ahora parecen encuentros de Ping-Pong; uno da un golpe, el otro responde, pero en ningún momento dejan que el otro luzca sus movimientos. Es bastante propio del circuito independiente ver a luchadores ponerse de pie después de recibir una enorme tanda de patadas, ser arrojados de cabeza o golpeados con objetos excesivamente contundentes. Esto se vuelve un problema por dos motivos: el primero, el que se resta verosímilitud y lógica al espectáculo: la lucha libre se vuelve poco creíble. Y el segundo, en el que la audiencia pierde interés en ver esa pelea: están tan ridículamente equiparados el héroe con el villano, o son tan invencibles ambos luchadores, que el público no tiene forma de identificarse con uno o con el otro; no hay tensión dramática que lo permita.

El afán de no vender se ha convertido en una pandemia de la cual Chile no se salva. Uno de los clichés más comunes en los shows es ver a ciertos luchadores ponerse de pie después del silletazo número treinta, incorporarse tranquilamente tras recibir una caída de cabeza afuera del ring o caminar como Pedro por su casa luego de quebrar con su cuerpo una mesa en llamas. Hay veces en que los shows parecen campeonatos de Ping-Pong por la cantidad de golpes y contragolpes dados sin dar posibilidad al otro de verse bien. Añade una cuota de humor al asunto cuando el luchador que se rehúsa a vender mide menos de 1,60 m y pesa menos de 60 kilos. Esto es síntoma de dos males: el primero, exceso de confianza en las propias capacidades o una propiocepción de "superestrella" por parte de algunos luchadores. El segundo, el que simplemente muchos luchadores chilenos no entienden en qué consiste el espectáculo de la lucha libre: se suben al ring, ejecutan piruetas, saltan, golpean, patean, pero en el fondo no tienen claro qué están haciendo.

Verse bien y hacer ver bien al oponente, dos conceptos que deben ir de la mano para lograr construir una buena lucha. Nuevos movimientos y nuevas formas de hacer los combates son completamente inútiles si no hay disposición para que el colega los pueda mostrar adecuadamente a la audiencia. Los luchadores contemporáneos deben recuperar el arte de vender si quieren mantener el interés el público por el deporte. Detrás de cada nueva estrella consagrada, existe un veterano que estuvo dispuesto a vender la ofensiva del novato para que este llegara al corazón del público. Cuando se entiende este concepto, la lucha libre cobra vida nuevamente e interesa a las nuevas generaciones.

lunes, 25 de enero de 2016

"Conocedor" de lucha libre: ¿En dónde se imparte exactamente esa carrera?

Cuando en una ocasión se entrevistó a David Belle, fundador del Parkour, sobre si él era el mejor en lo que hacía, la sabia respuesta que dio echó por tierra la altanera actitud de muchos traceurs que presumían en demasía su habilidad de saltar obstáculos y girar por los aires: "cuando practicas Parkour, logras hacer piruetas que no sabías hacer antes y que pocos pueden hacer, y esto implica que el ego aflore enormemente. Y si esto ocurre y empiezas a creer que eres el mejor, es cuando esto ya deja de ser algo entretenido". En nuestro mundo contemporáneo, donde el éxito personal es la medida de todas las cosas y la soberbia pan de cada día, una afirmación de ese tipo hecha por el fundador de un deporte, el cual se niega a mantener campeonatos para definir quién es el mejor, deja perplejo a cualquiera. Cuando Belle hace un llamado a la humildad, no es algo que interpele solo a los traceurs: es un llamado para todos.

La vanidosa creencia en la propia maestría acerca de una disciplina es un diluvio extendido sobre todas las actividades humanas, y la lucha libre no es un Arca de Noé. No obstante, la patología egocéntrica es comprensible entre luchadores y managers: cuando consigues hacer gritar al público por la emoción, la gente te pide fotos y autógrafos fuera del show, y posees una capacidad y habilidad física que el común de las personas no posee, se requiere de una gran virtud para impedir la salida a flote del Narciso que navega en la profundidad del alma humana. Es reprensible para los luchadores pecar de soberbios, pero se puede entender por el contexto al cual están sometidos constantemente; no son completamente culpables de su falta. Y no es al egocentrismo sobre las capacidades sobre el ring al cual apunta esta columna.

El ego de un luchador puede ser un gran monstruo; más esta bestia se convierte en un inocente conejito en comparación a la bestia pantagruélica que es el ego de un personaje aún más nocivo para la lucha libre que el luchador poco humilde. Hablo de esa especie de "intelectual" que invade páginas y foros de Internet y pretende saberlo todo. Me refiero al egresado de la carrera de "Conocedor de lucha libre". ¿Ud. no sabía que hay universidades e institutos técnicos que imparten esa carrera? No se disculpe de antemano: esa carrera no existe. A pesar de lo anterior, eso no impide que haya un grupo de supuestos conocedores, una alianza de sofistas, una secta gnóstica preocupada de molestar a todo el mundo acerca de sus inconmensurables conocimientos acerca de lo que ocurre dentro y fuera del ring.

Entre los usuarios de Internet en Estados Unidos, existe la famosa Internet Wrestling Community (IWC), los cuales son un enorme grupo de fans que analizan el estado de la lucha libre norteamericana. Este tipo de fan es bastante particular: se autodenominan smarks, contracción de smart mark, que traducido en un sentido amplio significa "fan de lucha libre inteligente". Esta distinción etimológica en apariencia inofensiva, en la práctica denota su actitud de superioridad intelectual con respecto al deporte, y solo es cuestión de mirar las petulantes declaraciones que suelen hacer sobre sus propios conocimientos, y la actitud quejumbrosa y malentendidamente crítica sobre las distintas compañias. Por fortuna, los smarks tienen una importante limitante en el mundo del wrestling norteamericano: son fanáticos que cuentan con una pésima reputación entre promotores y luchadores, y el concepto del smark generalmente se asocia al "ñoño", "geek", "fanboy", y otros términos despectivos para denominar a cierta gente que al parecer tiene poca vida social. El promotor o luchador que presta demasiada atención a las declaraciones de la IWC, suele ser tratado de estúpido o poco profesional por sus pares, y esto tiene una buena explicación: En primer lugar, estos fans suelen no pagar su entrada para ver los eventos, o consiguen mirarlos a través de formas ilegales. Y en segundo lugar, lo que estos fans conocen sobre lucha libre lo aprenden de YouTube, Wikipedia y otros sitios web; la información circulante no necesariamente refleja de manera íntegra lo que ocurre tras bastidores, las relaciones interpersonales entre luchadores, promotores y staff, o el enorme trabajo detrás de cada show. Cuando un fan decide volverse luchador, generalmente experimenta un potente shock inicial, puesto que se da cuenta que lo creía saber no se compara en lo absoluto a la vida real.

¿Qué ocurre en Chile? Los "ñoños" (como se les llama despectivamente a los smarks en nuestro
país), si bien tienen antecedentes de generar críticas ácidas y maletendidos, generalmente son pocos, y además muchos de ellos ayudan a la difusión de la lucha libre nacional. El problema del "conocedor" en Chile tiene otra dimensión aún más problemática: no viene del fanático, sino del luchador y del promotor. Existe en nuestro país un grupo de personas involucradas en los shows -al que todos conocemos muy bien, por lo que no es necesario dar nombres-  cuya principal distinción es vivir presumiendo sobre lo mucho que saben y generando conflicto entre compañías. No se trata de una compañía en particular: este grupo está diseminado por varias promociones nacionales, y por desgracia actúan como una manada. Generalmente se les ve provocando a colegas de otras agrupaciones, o dando críticas que rayan en lo absurdo. Varias veces me ha tocado leer sus argumentos: no pasan de ser opiniones personales que elevan a la categoría de verdades incuestionables. Suelen basarse en "reglamentos" completamente obsoletos en el año 2016, o en principios totalmente inventados que contradicen la experiencia real. Esta actitud de pseudo élite, de siutiquería en lucha libre tiene varias causas. Por regla general, son luchadores que han fracasado en consagrarse como tales, y prefieren optar por ridiculizar al resto para llamar la atención en lugar de esforzarse más, o bien se trata de promotores totalmente incapaces de dirigir una compañía que produzca interés entre los fanáticos, y deciden sabotear a los demás promotores en lugar de realizar cambios en su propia empresa. Estas actitudes se deben a un problema de cambio de mentalidad: aun cuando dicen que son profesionales, en el fondo siguen pensando como fanáticos. En resumidas cuentas, son personas con una enorme falta de autocrítica.

No tiene nada de malo leer biografías en Wikipedia o sitios especializados acerca de luchadores. Es interesante escuchar las declaraciones de luchadores cuando se cambian de promoción u opinan sobre un tema. Resulta una experiencia muy agradable juntarse con los amigos a ver un show o a conversar sobre lucha libre. Intercambiar opiniones sobre el deporte es una experiencia altamente enriquecedora. Cada luchador, promotor y fanático tiene derecho tener sus propias teorías sobre el deporte, compartirlas con el resto y ver hasta qué punto se cumplen. Todo esto son buenas prácticas si es que están amparadas en humildad y en disfrutar lo que se ve y hace. Como dice David Belle, si se empieza a pensar en uno mismo como un "experto" o "conocedor" del tema, la lucha libre deja de ser entretenida. Se convierte en un lodazal pestilente de donde sale hedor a soberbia. Mirar lucha libre ya no es divertido, sino una forma de vivir constantemente despotricando y amargado. Esta actitud nociva es algo que luchadores, promotores y fanáticos deben procurar erradicar del deporte. La lucha libre, como todas las actividades humanas, está hecha para ser disfrutada, no para presumir.

lunes, 11 de enero de 2016

A sabotear el show ajeno: Y en la práctica, tropecé yo mismo

Hace unos pocos días, el gran luchador enmascarado de FULL Antofagasta, Jack Dragon, dio una entrevista a Indy Wrestling CHILE en la cual tocó varios puntos que conciernen a la lucha libre nacional. Entre todos ellos, hubo uno sobre el cual tengo mucho que decir, y que motivó la columna de hoy.

Recuerdo muy bien aquel show del domingo 15 de noviembre del año 2015. Había mucha expectativa porque, por vez primera, venían a nuestra compañía luchadores provenientes del norte de Chile, además de haber preparada una interesante cartelera con nuevos luchadores y encuentros nunca antes vistos. No obstante, al comenzar el show, y durante todos los combates, una desagradable sensación me invadía; no tardé en captar que algo no marchaba bien con el público. La reacciones de este eran demasiado exageradas, y no dejaban a los luchadores hacer bien su trabajo. Al salir a revisar el por qué de esta situación, de inmediato comprendí de qué se trataba. Con verdadera vergüenza ajena -porque era una situación de un patetismo inusitado- observé que entre la audiencia estaban presentes integrantes -luchadores, managers y staff- de otra agrupación de lucha libre que, con el infantilismo propio de un niño en una pelea de pandillas rivales, habían venido exclusivamente a burlarse de nuestros luchadores y del show.

¿Les da vergüenza leer esta anécdota, verdad? Quiero aclararles, queridos lectores, que NO es la primera vez que me encuentro con esta situación. Es un cuadro con el cual llevo encontrándome desde hace cinco años al menos una vez al mes; si esta escena no ocurre en mi propia promoción, tengo la mala suerte de verla cuando voy de espectador al show de alguna agrupación amiga. De todas las malas prácticas que existen en la lucha libre nacional, el asistir como público a otras agrupaciones para sabotear el show o desquitarse con gritos de algún colega con el cual tienen mala relación es una de las más extendidas, y cuando no es la reina de las prácticas idiotas en Chile, al menos es una candidata segura al trono. Porque las consecuencias de esta práctica se extienden más allá del hecho de que haya "mala onda" entre promociones; es una actitud que le hace un daño inconmensurable a nuestro deporte.

No desesperen, señores patriotas, que esta práctica no fue invención de los chilenos. Asistir como público al show de otra compañía con la intención de hacer daño ya se ha visto en el circuito independiente norteamericano; no es un incidente frecuente, pero si ha ocurrido. El caso más tristemente célebre es el famoso altercado entre la Extreme Championship Wrestling (ECW) y la Xtreme Pro Wrestling (XPW). En esa oportunidad, luchadores de la XPW irrumpieron como parte del público durante el evento de la ECW en Los Ángeles, Heat Wave 2000. Aunque fueron expulsados del edificio por el equipo de seguridad, lo que vino a continuación no tuvo nada de glamoroso. En el estacionamiento del lugar, luchadores de la ECW se enfrascaron en una brutal pelea con el staff de XPW, el cual culminó con estos últimos arrojados por el suelo apaleados y brutalmente ensangrentados. Una mancha negra en la historia de la lucha libre norteamericana, y un claro ejemplo de las malas consecuencias derivadas de pretender sabotear a otras compañías mediante la asistencia malintencionada a sus shows.

Posiblemente ustedes no han oído hablar de XPW, y existen buenos motivos para explicar este desconocimiento. En su corto tiempo de vida, fue una promoción de muy mala reputación en el medio, y no es difícil entender el por qué. Rob Black, su promotor, era un tipo asociado al bajo mundo y poseedor de toda clase de malas prácticas; el haber enviado a sus empleados a sabotear un show habla precisamente del nulo profesionalismo de Black y sus luchadores. Lo mismo ocurre cuandi luchadores chilenos imitan este hábito: no solo habla muy mal de su nivel educacional, sino también de que difícilmente se les puede dar el título de "profesionales".

Un luchador o manager optando por asistir otra compañía con el propósito de hacer ver mal el show, es un hecho que habla mal de tres personas: de su maestro, de su promotor, y de él mismo. Es prueba de que su maestro probablemente solo le enseñó a rodar por el piso y a pegar, y nada de respetar el deporte. Es signo de que el promotor no se preocupa ni de la actitud -o aun peor, puede ser que incluso promueva esta práctica- de sus luchadores ni de la imagen que estos proyectan hacia el exterior. Y es franca revelación de que el sujeto en cuestión no puede llamarse a sí mismo "profesional"; no se da cuenta del daño que se hace a sí mismo. Porque la triste realidad es que el público reconoce a luchadores presentes entre la audiencia, y solamente puede reaccionar frente a ello con un suspiro de lástima. Suele suceder también que ciertos luchadores, ansiosos por conseguir algún favor de los dirigentes de su agrupación o congraciarse con ellos, pagan su entrada en alguna promoción con la cual sus jefes tienen alguna mala relación para interferir con el desarrollo del espectáculo; esto último habla también de la poca autovaloración de ellos mismos como luchadores, o de los absurdos extremos a los cuales están dispuestos a llegar con tal de conseguir algún mínimo beneficio.

¿Ustedes conciben que luchadores como AJ Styles, Mike Bennett o Zack Sabre, Jr., asistan a un show de la WWE a gritar insultos e intentar hacer ver mal el show? No hace falta ser un experto en el tema para saber la respuesta. Además del hecho de que sus compañías los sancionarían inmediatemente por falta de profesionalismo y dañar la imagen de la empresa a la cual pertenecen, ellos son profesionales lo suficientemente inteligentes para comprender la importancia de mantener buenas relaciones con otras promociones de lucha libre, porque algún día pueden terminar trabajando para estas o participando de shows interpromocionales. Cuando en Chile se lleva a cabo la práctica del sabotaje, ocurre también otro tipo de daño: el luchador se cierra a sí mismo las puertas para trabajar algún día en la agrupación a la cual insulta, y cierra también las puertas a cualquier intento de realizar un show interpromocional. En nuestro país existen centenares de "combates soñados" entre luchadores de agrupaciones distintas, los cuales no han podido llevarse a cabo por la estupidez de quienes insisten en promover la enemistad entre compañías.

¿Realmente crees, luchador chileno, que obtienes algún beneficio por ir a gritarle cosas a ese colega con el cual tienes bronca? Permíteme aclararte una cosa: no solo dañas tu imagen. No solo manchas la reputación de tu maestro. No solo das luces del tipo de persona que es tu dirigente. No solo dejas a tu agrupación en ridículo. No solo te cierras a ti mismo las puertas de una compañía que algún día te podría incluir en sus filas. No solo evitas la posibilidad de un buen negocio al impedir un memorable show interpromocional. Hay alguien más que sale lastimado: es tu propio deporte. Sí, la lucha libre chilena sufre un daño cada vez que aparentas ser rudo por ir a gritar tonterías a los shows ajenos. Porque la gente te ve actuando como un burro, y de inmediato se hace la idea de que por más que te llames a ti mismo "luchador", jamás dejaste de ser "fan". La gente te oye hablando de ti mismo como "profesional", pero en la práctica sigues siendo un "amateur". Por desgracia, si la gente ve que uno de nosotros actúa como aficionado, de inmediato piensa que todos somos aficionados. Y una lucha libre llevada a cabo por aficionados, es un espectáculo incapaz de despetar el interés del público.